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Dame, sobre todo, tu cariño; lo que necesito mas que cualquier otra cosa.
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Proporcióname buena alimentación: basta un plato abundante una vez por día, cuando soy perro adulto; me gustan las verduras y las frutas (aunque no lo creas); y, por
supuesto, nunca debe faltarme el agua.
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Permíteme hacer ejercicio: necesito correr porque, como tu sabes, desciendo del lobo; por eso facilítame un patio amplio o llévame donde pueda jugar sin peligro.
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Arréglame un lugar abrigado para dormir: me gusta tener mi casa donde pueda protegerme cuando llueve o hace frío.
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No me dejes nunca en la calle: no quiero morir en la perrera municipal ni bajo las ruedas de un vehículo; cierra tu propiedad con una buena reja y no dejes abierta la puerta
(acuérdate que también hay ladrones).
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Cuida mi salud: llévame al veterinario cuando me notes dolorido, resfriado o triste; vacúname contra la rabia, el moquillo, el parvovirus, desparasítame y cepíllame en vez de bañarme
o, si me bañas, sécame bien, pues la humedad me perjudica.
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No me tengas atado: si tienes que hacerlo, suéltame con frecuencia; si no puedes soltarme, colócame una “cadena corredera”.
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Enséñame a obedecerte y ayudarte: me gusta aprender y demostrarte mi inteligencia; pero hazlo con paciencia y cariño, nunca con golpes o gritos.
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Trátame con justicia: no descargues en mi tu mal genio ni me hagas pagar culpas ajenas; trata de comprenderme, aunque a veces te cueste: no quiero que olvides que tú eres el
ser “racional”...
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No me abandones jamás: sé tan leal conmigo como yo lo soy contigo; si algún motivo insuperable te obliga a separarte de mí, prefiero que me hagas dormir para siempre, sin que
yo lo sepa, antes de dejarme en manos de extraños o echarme a la calle.